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El rojo siempre está de moda

Ah, Marte, el planeta rojo que ha sido el centro de miradas de astrónomos y el objeto y protagonista de la fantasía más fantástica y de la ciencia ficción más científica. El lugar cuyo gentilicio se usaba a discreción sobre cualquier alienígena invasor sin discriminación (qué dirían los marcianos de Marte de toda la vida), pero que últimamente va tomando un nuevo espacio en las mentes como “la gran posibilidad”, el primer paso hacia afuera… igual es sólo casualidad y es mi opinión subjetiva que los descubrimientos del rover Curiosity, unido junto a otros de la NASA fuera del planeta rojo (como nuestro nuevo favorito, Plutón), han influido claramente en una de las películas más interesantes de 2015: El marciano.

El Marciano es de la escuela de Gravity: una ciencia ficción con más ciencia (independientemente de si esta es acertada o no) que ficción, más cercana en el tiempo que Star Trek o el reciente bombazo de SyFy, The Expanse. En Aficciones hemos querido comprobar esto y comparar entre sí tres viajes distintos al planeta vecino: el de la susodicha película, que es la más cercana; el ya lejano de las Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury; y otro largo y que sucedió entre los dos, la trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson.

A finales de 2015, constatado el fracaso del Protocolo de Kioto en cuanto a promover la reducción de gases invernadero, las principales naciones industriales del mundo (y algún jugador de segunda)sin  han decidido dar una nueva intentona a la tarea de no destrozar el único planeta que tenemos. ¿Los resultados? Bueno, yo diría que insatisfactorios. O, como dice este artículo, agua de borrajas. Los representantes de los grandes países han llegado a acuerdos que son más bien medidas de contención “apalabradas” que otra cosa, nada vinculante, por supuesto. Y cuando la meta más ambiciosa es no subir dos grados más la temperatura global y la eliminación de los combustibles fósiles es un objetivo tan a largo plazo que, igual cuando se lo tomen en serio, no habrá petroleo para fabricar las celdas solares que se necesitan… pues mal vamos.

Esto es Aficciones y no suelo meter peroratas políticas (ja, que no), pero igual mi opinión se ha visto influenciada por la lectura de la trilogía de Marte, de Kim Stanley Robinson. La trilogía relata el esfuerzo de los humanos, para colonizar y terraformar Marte y hacerlo un espacio habitable similar a la Tierra.

Tan titánica tarea dura literalmente cientos de años y no se ve exenta de dificultades de todo tipo: primero, el interés económico de las empresas explotadoras de los yacimientos minerales de marte, después, políticas y ecológicas y en último lugar, demográficas y sociales. Tanto por el volumen de la tarea como la longitud de las obras, y por tanto de la trilogía total, casi podemos hablar de una Historia con mayúsculas que con minúsculas.

Para partidos de fútbol venía regular si se dejaba tal cual.

Apenas llevamos unas decenas de páginas podemos ver la increíble labor de investigación que ha hecho Robinson. Desde tecnología que en los noventa, cuando empezó a escribir las novelas, existía o estaba en desarrollo a la visión posterior que el propio autor tiene de cómo evolucionará. Y no parece ir mal encaminado si atendemos a cómo describe la automatización y la robótica.

El vehículo narrativo que utiliza el autor para crear un hilo narrativo que conecte las distintas décadas y los cambios que sufre el planeta y su sociedad (¡a Marte no lo va a conocer ni la madre que lo parió!), es alargar la vida de sus personajes, recurriendo una vez más a la tecnología. El resultado es interesantes: unos personajes comidos y dejados obsoletos por su propio tiempo que luchan por ser relevantes en la cambiante sociedad marciana.

Todo lo contrario que, por ejemplo, Ray Bradbury en Crónicas Marcianas, que acorta la vida de sus personajes, a veces de manera trágica y a veces no tanto, pero reduciéndolos a una mera anécdota para hacer, mediante relatos quasi-independientes, una crítica social feroz. Un clásico de la literatura que critica el racismo, la necedad, el capitalismo, la mala educación, la guerra… desde luego, en el apartado de la crítica es mejor y más sutil que Kim Stanley Robinson, quien sin embargo, hace una lectura mucho menos pesimista. Mientras Bradbury describe cómo los humanos, después de haber expulsado y erradicado a los marcianos de Marte, cuando ya poseen su objeto de deseo, se las arreglan para cansarse, abandonar y ser incapaces de cuidarse lo suficiente ni a ellos ni al planeta rojo. Los colonos de Robinson, en cambio, aunque melancólicos algunos, se agarran a su nuevo planeta para hacerlo suyo y para crear una sociedad mejor que la que dejaron atrás y, posteriormente, cambiar la humanidad a mejor en lugar de destruirse a sí mismo.

Es interesante leer dos libros tan diferentes que giran alrededor de un mismo objeto físico, precisamente porque no tienen nada que ver y, en ambos casos, como buena ciencia ficción, son buenos espejos en los que mirarnos. Y después de leerse sendos obrones, El Marciano es una buena película para despejarse, entretenerse, y centrarnos en los personajes individuales frente a los colectivos de los libros de Robinson y Bradbury. Una historia de supervivencia en el que le personaje da gran ejemplo de cómo superar la adversidad. Tecnológicamente es mucho más parecida a los libros de Robinson porque es mucho más cercana en el tiempo y tiene un enfoque científico, aunque esté orientado a la aventura en lugar de a la ciencia ficción. Algo que, en el fondo, es también muy antiguo, y si no que se lo digan a John Carter.

Si hay algo que parece cierto por nuestra ansia de ficción, y confirmado por este artículo, que me espera en otra pestaña, mientras escribo las palabras finales de este artículo, es que vamos a terminar allí. Así que id echando el ojo a una parcelita para el chalet.

Después de leer los libros y ver la peli, si no sabéis donde está el Valle Marineris, os suspendo.

Juntaletras y escribidor con amor por la ciencia ficción y por cualquiera de las dos partes de este binomio. A veces escribo sobre estas cosas o sobre otras que me gusten.

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