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Regreso al Futuro: Mejor química que física (1 de 3)

Bienvenidos a Hill Valley, California, un lugar en el que un hombre capaz de construir una máquina del tiempo la usa para volver al mismo pueblo una y otra vez… ¡Alcemos nuestras copas y cantemos el cumpleaños feliz a uno de los WTF cinematográficos más grandes de la historia! ¡Regreso al futuro!

La trama es de sobra conocida: Marty McFly, un adolescente de la era Reagan viaja accidentalmente en el tiempo desde 1985 a 1955 donde impide, sin querer, que sus padres se enamoren haciendo peligrar así su propia existencia. A partir de ahí, la película es una carrera contrarreloj para reunir a sus padres y conseguir volver a 1985 usando la potencia de un rayo que caiga sobre la máquina del tiempo, un DeLorean modificado por su amigo, el científico «Doc» Emmet L. Brown. En la segunda película Marty debe salvar a su familia y su futuro pasando por distintas épocas: 2015 y 1955. En la tercera debe salvar a Doc, que viajó accidentalmente a 1885, de una muerte segura.

¿Y por qué digo que es un WTF? ¡Porque lo es! RAF es una trilogía que renuncia a las leyes de la continuidad y sobrevive a pesar de incumplir todas las normas que la misma historia propone. Los ingredientes que la constituyen son el gag, la autoparodia y el ritmo narrativo, en cuyo altar se inmola todo rastro de coherencia interna.

Estos ingredientes por sí mismos darían como resultado algo parecido a cualquier burda comedia de los 80. Pero RAF añade a la mezcla un par de personajes icónicos y la química de dos actores en plena forma. El resultado es trepidante. Absurdamente trepidante. Un ejemplo de ello es final de la tercera película: Marty pelea con Bufford Tannen y le vence. El sheriff arresta a Tannen y la lápida (que registraba las eventuales muertes de Doc o Marty) desaparece de la fotografía que Marty había traído de 1955. Ergo el peligro ha desaparecido. Ergo… ¿por qué tanta prisa en llegar al tren que está a punto de pasar de largo? ¿No podían simplemente decir «Ha sido un día duro, descansemos y esperemos al tren de mañana, que ahora vamos pillados de tiempo»?

El único guión realmente original es el de la primera película. Las otras dos fundamentan su comicidad en parodiar y trasladar de época los elementos de RAF I, abusando sin rubor del efecto «esto ya lo he visto». ¿Recordáis la escena —¡repetida tres veces!— de Marty despertando en una habitación a oscuras junto a su madre y creyendo siempre que es alguien distinto? Hay repeticiones de gags: la pelea de Marty y Biff, que siempre acaba con éste en un carro de estiércol o los cambios de nombre de Marty. Hay repeticiones de trama: siempre hay que reparar el DeLorean y siempre hay que esperar al último minuto para ponerlo en marcha. Y es que esto es Hollywood, ¿por qué iban a hacer tres películas distintas pudiendo hacer la misma película tres veces?

Regreso al Futuro

Arte conceptual para el poster de la película Regreso al Futuro (1985)

Sin embargo los espectadores han desarrollado ceguera selectiva hacia las lagunas de una trilogía que te arrastra hacia una fantasía que no hace prisioneros.

Frases como el «¡Great Scott!» de Doc (traducido en español como «¡Santo cielo!») o «¡Esto es muy fuerte!» de Marty, el DeLorean tuneado, la imagen del científico loco, el chaleco salvavidas naranja o el aeropatín forman parte de la iconografía cultural de una generación. Y las que quedan por venir. Porque, pese a sus enormes incoherencias, la magia de esta saga puramente ochentera no parece desvanecerse.

La gran pregunta, como diría Doc, es: «¿Por qué?». ¿Por qué tal éxito? ¿Por qué esa perdurabilidad en el subconsciente colectivo? Para mí la respuesta reside, además de en el ritmo narrativo, en la química brutal que existe entre los actores protagonistas, Michael J. Fox y Christopher Lloyd, y en la dinámica de la relación de sus personajes, Marty y Doc. Admitámoslo: ¡son tan ricos…! Divertidos pero no vulgares, descarados pero no insultantes, aventureros pero responsables… La caricatura de un par de buenos chicos metidos todo el rato en líos.

Y es que en la categoría de «liarla parda» Marty McFly juega en primera división. Marty es el little rascal adolescente, la versión años 80 de los pilluelos de Norman Rockwell, ese biotipo tan americano como la tarta de manzana o el cuatro de julio. Es el típico mocoso descarado de buen corazón que se desvive por resolver los problemas que él mismo ha creado.

Por su parte el personaje de Doc es el prototipo de científico loco: genial, caótico, con el sentido de la aventura de los descubridores y los pioneros, leal con sus amigos (bueno, su único amigo, si excluimos al perro), con el lenguaje corporal de Leopold Stokowski y el pelo de Albert Einstein. Un hombre que ha inventado una máquina del tiempo pero vive en un garaje en vez de forrarse trabajando par la NASA en plena Guerra Fría. La genialidad, la integridad y la ingenuidad de un niño hacen de Doc un personaje divertido y adorable.

Es de justicia atribuir también gran parte del mérito a los tres grandes secundarios de la saga: los padres de Marty, George y Lorraine, y al malo malísimo Biff Tannen (junto con sus alter egos: Griff en 2015 y Bufford Tannen en 1885, todos miembros de una saga de bullys perdedores, violentos y bastante idiotas).

Junto a ellos el imparable tándem Marty/Doc forma un reparto carismático y cohesionado con Loctite. Tanto que el grupo finta con gracia, esquivando cualquier duda incómoda. Porque, ¿a nadie le llama la atención que el mejor amigo de un chico de diecisiete años sea un científico madurito y solitario? ¿Cómo se conocieron? ¿Nadie se ha dado cuenta de que Biff está a punto violar a Lorraine al final de la primera parte? ¿No es un poco grimoso que Marty se besuquee con su madre? ¿No resulta todo un poco inquietante? Por raro que parezca, no. RAF es de una de las comedias más blancas que se han hecho. Todo punto oscuro de la trama o los personajes queda soslayado por el ritmo feroz, la inercia de la aventura y una buena dirección de actores. Gracias a ella la química entre los personajes fluye de una forma tan clara y unidireccional que no caben dobles sentidos. Cualquier sombra dudosa se desvanece a través del prisma maniqueísta propio del triunfalismo materialista de los Estados Unidos en los años 80: los buenos son los buenos, los malos son los malos. Todo es lo que parece. Los buenos siempre ganarán y que los malos recibirán su merecido. Pero… ¿sólo los malos?

To be continued…

Pintamonas profesional, juntaletras ocasional. Comida favorita: soylent green. Perfume: Nostalgia, de Veidt Ent. Mascota: Critters. Lema personal: ¿Qué haría Groucho?

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